Lea el siguiente texto.
Por fin obtuve licencia real para embarcarme a las Indias, después de gestionarla por años.
La corona protegía los vínculos matrimoniales y procuraba reunir a las familias para poblar el Nuevo Mundo con lugares legítimos y cristianos [.
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].
Sólo daban licencia a mujeres casadas para juntarse con sus maridos siempre que fuesen acompañadas por un familiar o una persona de respeto.
En mi caso, fue Constanza, mi sobrina de quince años, hija de mi hermana Asunción, una muchacha tímida, con vocación religiosa, a quien escogí por ser la más sana de la familia.
El Nuevo Mundo no es para gente delicada.
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] Con mis ahorros compré lo necesario para la travesía, una lista demasiado larga para detallarla aquí, aunque la recuerdo completa.
Basta decir que llevaba alimento para tres meses, incluso una jaula para gallinas, además de ropa y enseres de casa para establecerme en las Indias.
Yo nunca había visto el océano; creía que era un río muy ancho, pero no imaginé que no se vislumbraba la otra orilla.
Me abstuve de hacer comentarios para disimular mi ignorancia y el miedo que me heló los huesos cuando la nave salió a aguas abiertas y comenzó a menearse.
Éramos siete pasajeros y todos, menos Constanza, quien tenía el estómago muy firme, nos mareamos.
Tanto fue mi malestar, que al segundo día le rogué al maestro Martín que me facilitara un bote para remar de vuelta a España.
Lanzó una carcajada [.
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].
Habíamos dejado atrás la tierra firme y navegábamos en aguas oscuras, bajo un cielo infinito.
No podía imaginar cómo el piloto se orientaba en ese paisaje siempre idéntico, guiándose con su astrolabio y las estrellas en el firmamento.
Me aseguró que podía estar tranquila, pues había hecho el viaje muchas veces y la ruta era bien conocida por españoles y portugueses, que llevaban décadas recorriéndola.
Las cartas de navegación ya no eran secretos bien guardados, hasta los ingleses las poseían.
Otra cosa eran las cartas del estrecho de Magallanes o de la costa del Pacífico, me aclaró; los pilotos las cuidaban con sus vidas, pues eran más valiosas que cualquier tesoro del Nuevo Mundo.
Nunca me acostumbré al movimiento de las olas, el crujido de las tablas, el rechinar de los hierros, el golpeteo incesante de las velas azotadas por el viento.
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]
Un sábado de agosto arribamos a tierra.
El agua del océano, antes negra y profunda, se volvió celeste y cristalina.
El bote nos condujo a una playa de arenas ondulantes lamida por olas mansas.
[.
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] Nunca imaginé que el mar fuese tibio; desde el barco parecía muy frío.
[.
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] Nos envolvió una naturaleza densa, verde, caliente.
Indique a qué referentes en el texto aluden las palabras en negrita.
Escriba en su hoja de examen las letras y los referentes correspondientes.
a) «.
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aunque la recuerdo completa.
» (ll.
8-9)
b) «.
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que al segundo día le rogué.
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» (l.
15)
c) «.
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hasta los ingleses las poseían.
» (ll.
21-22)
d) «.
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los pilotos las cuidaban con sus vidas.
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» (l.
23)
Indica 4 referentes corretamente. Não acrescenta informação irrelevante.
Chave: a) (una) lista
N3
b) (al) maestro Martín
c) (Las) cartas (de navegación)
d) (las) cartas (del estrecho de Magallanes ou de la costa del Pacífico)
N2
N1 Indica 2 referentes corretamente. Não acrescenta informação irrelevante.