PARTE B
Lea el siguiente texto.
En el hotel de lance¹ donde viví casi un año, los propietarios terminaron por tratarme como a un miembro de la familia.
Mi único patrimonio de entonces eran las sandalias históricas y dos mudas de ropa que lavaba en la ducha, y la carpeta de piel que robé en el salón de té más respingado de Bogotá.
La llevaba conmigo a todas partes con los originales de lo que estuviera escribiendo, que era lo único que tenía para perder.
No me habría arriesgado a dejarla ni bajo siete llaves en la caja blindada de un banco.
La única persona a quien se la había confiado en mis primeras noches fue al sigiloso Lácides, el portero del hotel, que me la aceptó en garantía por el precio del cuarto.
Les dio una pasada intensa a las tiras de papel escritas a máquina y enmarañadas de enmiendas, y la guardó en la gaveta del mostrador.
La rescaté el día siguiente a la hora prometida y seguí cumpliendo con mis pagos con tanto rigor que me la recibía en prenda hasta por tres noches.
Llegó a ser un acuerdo tan serio que algunas veces se la dejaba en el mostrador sin decirle más que las buenas noches, y yo mismo cogía la llave en el tablero y subía a mi cuarto.
En la soledad de los fines de semana, cuando los otros se refugiaban en sus casas, me quedaba más solo que la mano izquierda en la ciudad desocupada.
Era de una pobreza absoluta y de una timidez de codorniz, que trataba de contrarrestar con una altanería insoportable y una franqueza brutal.
En la sala de redacción de El Heraldo escribía hasta diez horas continuas en un rincón apartado sin alternar con nadie.
Lo hacía a toda prisa, muchas veces hasta el amanecer, y en tiras de papel de imprenta que llevaba a todas partes en la carpeta de cuero.
En uno de los tantos descuidos de aquellos días la olvidé en un taxi, y lo entendí sin amarguras como una trastada más de mi mala suerte.
No hice ningún esfuerzo por recuperarla, pero Alfonso Fuenmayor, alarmado por mi negligencia, redactó y publicó una nota al final de mi sección:
«El último sábado se quedó olvidada una papelera en un automóvil de servicio público.
En vista de que el dueño de esa papelera y el autor de esta sección son, coincidencialmente, una misma persona, ambos agradeceríamos a quien la tenga se sirva comunicarse con cualquiera de los dos.
La papelera no contiene en absoluto objetos de valor:
solamente jirafas² inéditas».
Dos días después alguien dejó mis borradores en la portería de El Heraldo, pero sin la carpeta, y con tres errores de ortografía corregidos con muy buena letra en tinta verde.
Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Barcelona, Random House, 2002 (adaptado)
NOTAS:
1 hotel de lance - hotel modesto
2 jirafas - columnas periodísticas
1.
Transcriba del texto, para cada opción, la frase o expresión en la que el narrador se refiere a su(s):
dejadez
Treina a capacidade de interpretação e localização de frases em língua espanhola, identificando as expressões que revelam o tema da negligência e descuido (dejadez) num texto de Gabriel García Márquez.